viernes, 29 de abril de 2011

Buenos días... supongo.


Me desperté de nuevo solo. La tenue luz que traspasaba las cortinas de mi ventana se posó sobre mis parpados cerrados y me quitaron el sueño. Tenía que levantarme ya... Qué pereza.
Cuando me levanté, caminé pesadamente hacia el cuarto de baño y con solo abrir un par de centímetros la puerta, me percaté de una presencia en ella.
Era mi princesita... Haru...
Como todos los días, se había levantado más temprano que el resto de sus hermanos y se estaba cepillando los dientes. No pude evitar que me saliera una sonrisa tonta al verla... mi pequeñita... la pequeñita de la casa... mi tercer angelito.
Después, observaba como se peinaba... ¿Cómo demonios una pequeñaja como ella podía ser tan responsable e independiente? No tenía la menor idea. Es la versión dulce de Shizu... pero ay... como quisiera que me dieran la lata para hacerles o ayudarles con algo tan simple como atarles los cordones, peinarlas... Esos pequeños detalles de padre... supongo.
En fin, después de sumirme en estos pensamientos, Haru se disponía ya a salir. Se topó conmigo en la puerta, y en aquel choque, oi como la enana se reía levemente, alzando la vista para comprobar que era su papá, y entonces, ahí lo vi. La sonrisa que iluminó mi día. Esa tierna sonrisa que podría arrancar de mí cualquier mal.
Extendió sus bracitos a mí para que la cogiera en brazos y poder abrazarme y darme los buenos días.

Buenos días, ángel.

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